Escritores sin barreras

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El secreto de Clemente VII

Written By: admin - Feb• 11•12

El comandante de la Guardia Suiza nunca llegó a cruzar el umbral. Sus engalanados guantes blancos se tiñeron de rojo antes incluso de que su fornido cuerpo se desplomara inerte sobre el gélido suelo de la basílica. El ruido de la coraza al golpear el místico piso retumbó en toda la estancia. Pero no había nadie para oírlo. Nadie excepto el Papa Clemente VII, que se apresuró a limpiar la delatadora sangre que había quedado en el filo de su daga y esconderla bajo la sagrada silla de San Pedro.

Rezando para que la muerte del comandante fuese atribuida a las tropas del Emperador Carlos V, que esos días saqueaban Roma, el Sumo Pontífice se arrodilló delante del altar mayor. Con las palmas de las manos unidas, imploraba el perdón de Dios con un Padre Nuestro.

Con la muerte del comandante, su secreto estaba a salvo. Y con él, la continuidad de la hegemonía católica a lo largo y ancho del papado.

La despedida

Written By: admin - Jan• 20•12

- ¿Por qué me miras así? – le pregunté con una voz tan lejana como hueca, quebrada por el paso del tiempo.

Pero  no me contestó. Quizá porque no me entendió o quizá porque no le salieron las palabras. Simplemente se quedó a mi lado, acompañándome, hasta que mi aliento se heló, envuelto en la cálida brisa del mar. Lo último que recuerdo es el tacto húmedo de su lengua lamiendo mi cara. Después todo oscureció, aunque sé que mi fiel amigo continuó a mi lado durante mucho tiempo.

Hora de salida

Written By: admin - Jan• 07•12

El autobús debía salir de Johannesburgo a las 9.00 horas. Así que, adaptándose a la cultura africana de no realizar reservas y comprar los billetes el mismo día del viaje, Marcos se encontraba desde las seis de la mañana en la estación. Contaba con que los africanos se levantaban muy temprano. Y no se equivocó. Las colas en las taquillas así lo evidenciaban. A esa hora, el Sol ya bañaba toda la ciudad, contagiándola con la energía que desprendían sus rayos.

Llevaba solamente dos días en la principal metrópoli financiera de Suráfrica, donde había aterrizado procedente de Europa. Nunca antes había estado en el continente negro. Eligió ‘Jozi’, como los oriundos denominaban coloquialmente a Johannesburgo, por ser una ciudad donde los rascacielos y los grandes centros económicos dirigidos por la minoría blanca contrastaban con los niveles de vida tercermundistas de la mayoría de la población negra. Era el lugar perfecto para aclimatarse a África. De este modo, reducía el impacto cultural que, sin duda, hubiese supuesto para él llegar directamente desde su ciudad natal a la recóndita aldea donde le esperaban.

Cuando llegó su turno, Marcos pidió un billete para Malawi. Sólo de ida. El hombre que se escondía tras unos barrotes al otro lado de la taquilla le informó amablemente de que tenía dos opciones. La primera, bastante cara, consistía en viajar en un autobús de lujo, como hacían todos los viajeros de raza blanca, que contaba con servicio, catering, bebidas, asientos individuales y aire acondicionado. La otra alternativa era recorrer los casi 2.000 kilómetros que separaban Johannesburgo de Blantyre en un autocar estándar, compartiendo trayecto con el resto de africanos. Aunque tenía muchas horas de viaje por delante, Marcos se decantó por la posibilidad más barata porque el presupuesto que tenía para el viaje era muy limitado. Pagó el billete y lo ojeó antes de dejar la ventanilla. Todo parecía estar en orden: el trayecto, la hora de salida, el importe. Lo único que no aparecía era la fecha de salida. Pero no le dio importancia.

Tras comprobar el billete, se dirigió al lugar desde donde debía salir el autobús y cual fue su sorpresa cuando se encontró a decenas de personas haciendo cola delante de él. Habían pasado la noche allí. El autocar del día anterior los había dejado en tierra porque estaba lleno. Aunque los autobuses tenían plazas limitadas, era normal que se vendieran más billetes que asientos disponibles. No es que fuera política de empresa, más bien tenía que ver con la cultura africana: vender hoy todo lo que se pueda porque mañana nunca se sabe lo que se va a vender. Esta filosofía no se empleaba únicamente en el ámbito comercial, sino que se aplicaba a cualquier aspecto cotidiano: comida, trabajo, religión…

El joven europeo miró sorprendido. No tanto por la cantidad de personas que querían tomar el autobús, que ni siquiera había llegado todavía, sino por las cosas que querían transportar. Él viajaba con una mochila que llevaba en su espalda. Nada más. En cambio, cada africano que estaba allí tenía consigo tres o cuatro bolsas gigantes. Algunos, incluso, pretendían subirse al autocar con animales vivos, televisores de unas 30”, bicicletas, butacas, colchones… y lo que más llamó su atención: un frigorífico. A pesar de que, en África, todos los autobuses de largo recorrido contaban con un enorme remolque donde colocaban la mercancía más pesada, el incrédulo europeo se preguntaba cómo conseguirían encajar la nevera en el interior del mismo.

Dieron las nueve en el reloj de la estación y no había ni rastro del autobús. Las nueve y media, y nada. Finalmente, cuando faltaban cinco minutos para las diez, un autocar de dos plantas apareció en escena. Pero se trataba del autobús de lujo. En ese momento, Marcos comenzó a asustarse. Si un autobús, que para una persona europea es un autobús normal, es calificado como un autobús de lujo en África, ¿cómo sería un autobús normal para los africanos?

Sus dudas no tardaron en despejarse cuando, pocos minutos después, una cafetera con ruedas llegó a la parada designada. Apenas pudo parpadear de la impresión cuando vio el vehículo. Se trataba de un autobús que, siendo generosos, circulaba por las carreteras europeas en la década de los 70 y que los gobiernos de dichos países occidentales jubilaron por resultar anticuados y peligrosos. Sin proponérselo, Marcos acababa de descubrir dónde iban a parar ésos vehículos. El cementerio de la automoción estaba en África. Era África. Con la única diferencia de que en ese continente nada moría; todo resucitaba. Incluso los medios de transporte, que deambulaban como zombis por las carreteras.

Entonces surgió el caos. Nadie quería quedarse fuera del autobús y esperar otras 24 horas para coger el siguiente, puesto que solamente salía un autocar al día. La ordenada cola que hasta el momento se guardaba se rompió en un momento y todas las personas se agolparon en la puerta de la valla de seguridad para entrar los primeros. Bueno, todas las personas no. Marcos se quedó pasmado por el espectáculo que tenía ante sus ojos. No reaccionó.

De hecho, todavía estaría allí plantado si no hubiese sido porque un vendedor de llaveros y gafas de sol de plástico le divisó entre la gran cantidad de pasajeros. En la lejanía, Marcos representaba un punto blanco e inmóvil que sería tragado en cualquier momento por la marea negra. El mercader vio su oportunidad de hacer negocio y pronunció cuatro palabras en zulú. Al instante, dos guardias de seguridad surgieron de la nada. Comenzaron a empujar a la gente para abrirse paso entre la multitud.

Cuando Marcos volvió a la realidad, se encontraba el primero en la fila. No sabía muy bien lo que había ocurrido. Miró hacía atrás y pudo comprobar que quienes estaban delante de él unos segundos antes, ahora se encontraban detrás. Poco a poco fue comprendiendo que los vigilantes le habían colocado ante la puerta del autobús. Se había saltado la cola.

-    Es injusto – reclamó una de las personas que llevaba haciendo cola desde el día anterior y que vio como, en un momento, un desconocido le pasaba por delante únicamente por tener un color de piel más claro.

Solamente unas pocas voces se alzaron en contra del arduo movimiento. La mayoría calló, como si asumieran la superioridad del hombre blanco. Lo más curioso fue que los guardias de seguridad y las personas que le colaron eran negros. Por un lado, Marcos se sintió muy mal por el resto de pasajeros que aguardaban pacientemente en la cola. Pero la alegría que le produjo saber que no tendría que pasar un día, con su respectiva noche, en la estación de autobuses pudo más que el sentimiento de culpabilidad.

A las diez y media, Marcos ya se encontraba en el interior del autobús. Escogió un lugar al lado de la ventana. No quería perderse el grandioso paisaje que le esperaba durante las próximas horas: la sabana surafricana, la rocosa llanura de Zimbabwe, las típicas cabañas mozambiqueñas y las fértiles tierras de Malawi. Un estrecho pasillo dividía el autocar en dos. Los asientos colectivos de escay, suficientemente anchos para dos personas, se transformarían, como pudo comprobar durante el viaje, en incómodos bancos que admitían a tres pasajeros como mínimo. Asimismo, la última fila, aislada del resto del pasaje por una fila tela, estaba reservada para que descansara el segundo chófer.

El resto de personas que aguardaban en la cola comenzaron a subir poco a poco al autocar. Marcos contemplaba aliviado desde la ventana como la muchedumbre seguía empujándose para conseguir un asiento. Dentro del caos, todo transcurría de manera ordenada. Hasta que de pronto, cuando casi todos los asientos estaban ocupados, los pasajeros comenzaron a proliferar unas palabras que el joven europeo no llegó a entender. Las mismas personas que habían estado pugnando minutos antes por subirse al autobús, empezaron a descender del mismo. El tono de voz que empleaban incitó a Marcos a pensar que algo malo estaba pasando. Pero no se inmutó. Es más, inconscientemente, sus manos se aferraron al asiento con tanta fuerza que hubiesen sido necesarias varias personas corpulentas para moverle de allí. No estaba dispuesto a dejar aquel autobús. La multitud gesticulaba con tanta fogosidad allí fuera que Marcos tuvo la sensación de que el autobús se había movido levemente debido al aire desplazado.

Tras varios minutos estudiando los hechos, llegó a la conclusión de que la causa de tal algarabía se debía a que no cabía nada más en el remolque. ‘Normal’, pensó Marcos, y le vino a la cabeza la imagen de la nevera. Una sonrisa se dibujo en su cara. Desde su posición, podía distinguir como los ojos del conductor iban del remolque a la carga que quedaba en el suelo y, nuevamente, al remolque. Seguramente, repasaba mentalmente cómo podría ordenar todo aquello para que cupiese en el interior, tratando de encajar todas las piezas del puzle antes de ejecutar la maniobra. Parecía que los pasajeros que se habían bajado intentaban ayudarle, pero lo que realmente hacían era asegurarse de que no se quedara ninguna de sus pertenencias en tierra.

Lo que el joven Marcos no imaginaba era que, a falta de espacio en el remolque, el conductor recolocaría la mercancía sobrante dentro del autocar. El pasaje, ahora mucho más calmado, como se podía apreciar en los relajados músculos de sus caras, subió de nuevo al vehículo. Unos con las manos vacías y otros portando consigo pesados bultos que dejaron indistintamente en el pasillo. Así, además de las tres personas extra que excedían el número máximo de pasajeros y que, por lo tanto, viajaban sin asiento, neveras de playa, colchones doblados milimétricamente, sacos con productos fertilizantes y dos bicicletas ocupaban el corredor del autobús.

Una hora más tarde todos, personas y todo tipo de trastos, estaban ubicados en su sitio. El autocar tenía el cartel de completo colgado de sus ya cerradas puertas. Todo parecía estar listo para iniciar la marcha. Marcos estaba pensativo.

Pero sus reflexiones se desvanecieron tan pronto como escuchó el estruendoso ruido hidráulico que provenía del mecanismo de apertura de puertas. Nada más dirigir sus ojos hacia la parte delantera del autobús, vio como más gente subía al autobús. No se lo podía creer. Para su percepción espacial, resultaba imposible situar a más viajeros en el interior. Además, también llevaban equipaje. Pero Marcos se equivocaba. A los pocos segundos se dio cuenta de quienes eran los nuevos intrusos. No se trataba de pasajeros, sino de mercaderes ambulantes que aprovechaban la última oportunidad para vender cualquier cosa antes de que el autocar se perdiera entre el caos circulatorio de la ciudad. Seis hombres ofrecían todo tipo de productos (bebidas, patatas, frutas, suvenires, gafas de sol…), mientras recorrían el habitáculo con tanta soltura que daba la sensación de que el pasillo estuviera completamente libre de cualquier obstáculo.

El vendedor que había ayudado al joven blanco, junto a los guardias de seguridad, a llegar a la puerta del autobús se paró ante él. Le mostró todos los artículos que tenía sobre una enorme bandeja de plástico. Marcos sonrió amablemente, pero negó con la cabeza. No quería nada, excepto iniciar el viaje. Pero el vendedor no se dio por vencido. Dejó la bandeja en el suelo y se abrió la gabardina que llevaba puesta. Como si de un exhibicionista se tratase, el hombre dejó a la vista nuevos productos para gran sorpresa de Marcos, quien declinó por segunda vez el ofrecimiento. No reconoció al hombre que le había echado una mano unas horas antes. De haberlo hecho, le hubiera comprado cualquier tontería sin dudarlo. Mientras tanto, varios pasajeros compraron algo para beber y comer. El viaje iba a ser largo y, por eso, no dudaron en hacerse con algunas provisiones para el camino.

Intuyendo que ya no iban a sacar más beneficio con sus ventas, los inagotables comerciantes descendieron raudos y enfocaron su energía en otro autobús lleno de gente que acababa de estacionar al lado.

Eran las 12.37 horas cuando el conductor arrancó el autobús. El ruido del motor aplacaba el griterío procedente de la calle. Varias manos se elevaron por encima de las cabezas y comenzaron a moverse de un lado a otro en señal de despedida. Marcos se relajó en su asiento, dejando caer todo su peso en el respaldo. Cerró los ojos y comenzó a meditar sobre lo que le aguardaba una vez llegara a su destino.

Finalmente, se ponían en marcha.

La estrella soñada

Written By: admin - Jan• 01•12

“Ni subido a una escalera conseguiría besarte, ni mucho menos quedarme contigo”, pensaba Carlos. A sus nueve años, miraba con pena el firmamento y soñaba despierto con poder estar en una estrella de aquellas. Allí nadie podría maltratarle nunca más. No tendría miedo de esconder los cardenales que tatuaban todo su cuerpo. Sería libre.

Fantaseaba con estas ideas cuando percibió que una estrella se desprendía del cielo. Caía lentamente. Cada vez parecía más grande, brillante y cercana. Hasta que se posó en su mano y se disipó junto a sus ilusiones. La sonrisa de Carlos se tornó llanto.